El amor es algo sumamente complicado, hasta en los animales.
Ayer escuché una noticia que me dejó pensando mucho. Mi ancestral pariente galapaguense va -por fin- a tener hijitos. Pero la forma en la que esto ha sucedido, es algo -como siempre- ilógico.
El macho, George, no aceptaba a su compañera de estanque. George, desde que Georgia (como han decidido bautizarla) llegó a su espacio, se dedicó a golpearla, a quitarle la comida, a gritarle y a apartarla de su lado. Los ciéntificos veían con mucha preocupación este comportamiento de la tortuga centenaria porque estaba dando lugar a la completa extinción de su especie. Pero lo científicos no contaban con la paciencia de Georgia, con su dedicación y su lealtad… aun cuando ella se topaba con un tipo hosco y estúpido, ella siempre estuvo ahí… abnegada y tolerando todas sus malacrianzas. Georgia dejaba pasar todas las explosiones de George: lo dejaba hablar como loco cuando la política lo irritaba, no le hacía caso a los secos saludos que recibía cuando trataba de ser cariñosa, no se reía cuando él soñaba con comprarse motos de enduro aun cuando ya no había mucha lechuga en el centro de provisiones, apoyó siempre su idea de hacer un diplomado en administración de centros ciéntificos (aun cuando ella creía que el lugar que daba las clases no era muy honorable). Georgia estuvo ahí, esperando a George… confiando en que un día George se daría cuenta de quien era ella.
Un buen día George, recapacitó… y lentamente (como buena tortuga) fue dejando esa actitud de macho ecuatoriano. Dejó sus orgullos, limpió sus miedos, maduró sus inseguridades, trascendió a sus complejos… y la buscó. Fue amable con ella, la invitó a ver atardeceres comiendo unas cuantas coles, empezó a cederle el turno a la hora de tomar un baño, se sentaba a su lado y compartía su almuerzo, atendía sus opiniones en cuestiones de política y religión, ahora tenía un agradable tono de voz con ella, la ayudaba en la limpieza del estanque, con astucia cortaba flores para ella y se las dejaba en la mesita de noche para cuando ella despertara.
Georgia al inicio no se emocionó, pero tampoco se inmutó… dio piola para que ese afecto de George tomara cuerpo. Y un buen día sin ceremonias, sin velas, sin rosas, sin vino, sin atardeceres romanticones, sin científicos mirones, sin palabras encantadoras, Georgia llevó a George hacia la parte oculta del estanque y ahí se entregaron. No hubo cigarrillos luego del encuentro (a los cien años no es recomendable fumar), ninguno de los dos se quedó dormido… simplemente permanecerieron juntos, uno al lado del otro sabiendo que desde ese momento eran una pareja normal.
Georgia puso nueve huevitos, los cuales fueron encontrados por los ciéntificos de la Estación Charles Darwin y puestos en incubadoras para garantizar su nacimiento. Luego de unos 25 años podrán analizar las características de los hijitos de George y ver si estos pueden ser fértiles o no.
Creo que George entendió que la fama no lo es todo, creo que entendió que es bueno ser independiente y dueño de su territorio pero que es mucho mejor compartir su espacio, su tiempo con alguien. Entendió que aun cuando él es importante, también es importante el ser que te dedica algo de su vida. Entendió que en cualquier trabajo eres irremplazable, pero por más canalla que seas… tu familia y la gente que te quiere jamás podrá ni querrá remplazarte.
Bien por George. Bien por su especie. Bien por Georgia y su amor. Bien por mi, porque tendré más tíos abuelos para fotografiar cuando vuelva a visitar Galápagos.
Bien por el amor.